Erick Fajardo Pozo
De Emilio Martínez, cronista distópico y sobreviviente de la época más oscura de la democracia boliviana, conservo dos cosas en la memoria: su actitud rebelde, casi reñida con la comodidad de los “alineamientos” intelectuales ortodoxos, y la dignificante indiferencia con que sobrevivió a la censura y al “apartheid” del circuito de reproducción de la cultura oficial, al que fuimos condenados un puñado de conjurados, declarados en “irreductible resistencia” a la claudicación al régimen de la coca de las elites políticas e intelectuales del ciclo de las luchas autonomistas.
Lo reencontré en Washington DC la primera semana de diciembre de 2015 y ponderé desde el primer momento lo sencillo que resulta “conectar” con quien ha conservado una ética intelectual, inmune a los vaivenes y desplazamientos “tectónicos” bajo la corteza de la política boliviana, sin ceder a la fuerza gravitacional de la penosa y constante “migración” hacia la órbita del poder de firmas y razonamientos antes contestatarios.
No voy a derrochar líneas en pretender hacer un circunstancial laudatorio de su obra. Hay la suficiente estima y respeto mutuos para saber que ni lo espera ni lo necesita. Más bien quiero resaltar el aspecto medular de su última criatura (“De Orwell a Vargas Llosa: apuntes sobre literatura y libertad”): la imposibilidad de la literatura - entendida cual genuina producción intelectual - si no en condiciones de libertad irrestricta y plena.
Emilio abre precisamente con un enunciado de George Orwell que rescata esa naturaleza simbiótica e indisociable de pensamiento y libertad: no es posible escribir sino es en libertad; o más bien: no hay genuino pensamiento producido en condiciones de dependencia; o aún mejor: el pensamiento gestado bajo censura será - voluntaria o involuntariamente - siempre un pensamiento funcional al orden establecido.
Sin duda este valioso epítome suyo traza el curso histórico de una literatura “rebelde” producida no en resistencia a regímenes políticos circunstanciales, sino a una estructura metapolítica de la censura y control del pensamiento y la reflexión, que preexiste y le es común a todos los regímenes totalitarios.
Es un esfuerzo por explicar los resortes de la censura en su forma más nefasta: la que existe debajo la cubierta de estructuras constitucionales formales que encubren sistemas de pensamiento absolutos y sus mecanismos de funcionalización/destrucción de la reflexión crítica.
Lo que Emilio pone en debate es la vigencia del mito gramsciano de la “intelectualidad orgánica”; el que tal cosa sea posible, sin comprometer la sustancia misma de la acepción de intelectualidad. El genuino pensamiento político no puede ser cultivado en la maceta de un partido, ni siquiera en el huerto de izquierdas o derechas, sin que eso implique un exprofeso renunciar a su condición básica en tanto pensamiento: la independencia.
El pensamiento político es un tubérculo silvestre cuya raigambre traspasa la cerca de las racionalidades sectarias o las miradas parciales y sus variedades “domésticas” serán siempre subespecies castradas, pensamientos con un límite artificial en su desarrollo.
Emilio plantea además, de forma sutil, el dilema de sobrevivir al pensamiento absoluto; de producir pensamiento libre en condiciones de restricción y censura. Su obra desnuda los claroscuros de los autores del pensamiento rebelde, las inflexiones y en algunos casos las genuflexiones en su recorrido intelectual por la órbita de los totalitarismos.
El verdadero desafío es vivir bajo la regla de Catón: “la filosofía no es al regidor, sino a la república”. El verdadero pensamiento se rige por principios, inmutables e inherentes a la humanidad misma, no por sistemas ideológicos siempre parciales y no contingentes del disenso o la alteridad.
El pensamiento rebelde implicará, de cierta manera, siempre un exilio; el desarraigo de quienes parten y el aislamiento de quienes se quedan. Lo discutimos con Emilio en 2010, durante mis últimas horas en Bolivia, y pudimos aún hacerlo cinco años después, al otro lado del continente, para refrendar la certeza de que la peor censura es la que se autoimpone el intelectual que olvida que una literatura que decide callar lo que le incomoda al poder ha perdido toda virtud.
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